En esta lucidez tardía
que emerge del sueño, la enfermedad y el cansancio,
sé que extrañaos es imprescindible
para reconocerme en mis cimientos
que –algún día-
tendrán sentido en la ceniza.
La ventana golpea a la lluvia por sorpresa
y atraviesan vuestras astillas
los violentos soportales de esta plaza
contenidos por un muro de agua casi blanca
como la ceguera lechosa de Saramago
o esta elegía de Shostakovich.
Desde esta lucidez hiriente
que me despoja de mi sentir de niño
y me arranca del dolor para alejarme,
no puedo evitar convocar a esta sonrisa
desde aquellos tiempos de la infancia
en los que no me atreví a soñar siquiera
en amar y ser amado
con la hondura, la firmeza y la locura
que habéis dilapidado en mi persona.
En esta lucidez inoportuna
no puedo más que celebrar lo que he ganado,
aprehender y prender lo que he perdido,
desprenderme del resquemor, la pesadumbre, del odio…
hasta del que me he tenido a mí mismo.