El regreso tiene su carga de melancolía. Quizás por lo que no se ha vivido allá dónde se vive. También por lo vivido. Quizá porque es raíz de nuestros sueños huérfanos, quizás porque nos ha tejido la personalidad con su paisaje, quizás porque no hemos anclado las raíces.
Es difícil salvarse de las lágrimas al leerte. También es difícil salvarse con ellas. Nada está escrito, salvo el pasado y, hasta él, puede reinterpretarse con unos ojos limpios.
La desesperación requiere de palabras urgentes, maximalistas, la desesperación requiere de una fuga, aunque sea suicida. Hasta estamos tentados de romper los lazos que nos atan -sin saberlo-
a la vida, porque desear, añorar, no es en vano, si no es vano lo que se desea o se añora.
Hay hechos en los que se permanece, mientras que lo que no se ha hecho perdura en el limbo de la duda. Sus consecuencias no se plasmaron y quedan en el ámbito de especulación que bucea en la memoria y fabrica un futuro construido de la misma materia, aunque la razón se oponga o, tal vez por ello.
El adiós es una evidencia y negar lo evidente es una necedad, pero limitar la realidad a lo evidente, no lo es menos: el miedo siempre llega con un minuto de adelanto.
Estruendosa impaciencia en un septiembre descalzo, preludio de un cristal de noviembre.